miércoles, 9 de agosto de 2017

ALGO NUEVO III

III                                     

Tom recordaba muy bien, de cuando eran pequeños, la afinidad con sus abuelos. Especialmente su “abuelita”, como la llamaban, había mediado todo el tiempo entre Simone y sus hijos cuando Jörg abandonó el hogar familiar y ella pareció perder un poco el rumbo de su vida. A esa edad, pasaban mucho tiempo en la casa de los abuelos en Loitsche, que quedaba a pocas cuadras de la suya.

Con la fama que les llegó en la adolescencia, la distancia se fue imponiendo y el hecho de que ellos rentaran una casa en Hamburgo y luego Simone se mudara allí, hizo que los encuentros familiares se espaciaran; sin embargo, cuando decidieron crear una empresa propia para vender sus conciertos y su imagen, la radicaron en la dirección de los abuelos, y nunca perdieron la costumbre de hablar con ellos por teléfono casi diariamente. Justamente eso era lo que Tom estaba haciendo esa tarde en el estudio: hablar con su abuela.
—Abuelita, ¡te extraño tanto!
—Ya lo sé, Tomi; nosotros también los extrañamos mucho, a ti y a Billy... Por cierto, es extraño que no esté él ahí con su alegría gritando “Te quiero, abuelita”.
—Es porque... yo necesito hablar a solas contigo.
—¿Problemas? Supongo que con su mamá.
—Ya la conoces; ella y Bill siempre están peleando.
—Ay, Simone, ¡mira que he conversado con esta hija mía de ese tema, pero no me hace caso!
—Viene Navidad y prometimos ir a casa de mamá pero Bill se niega; es que mamá llegó muy lejos esta vez, prácticamente le dijo que preferiría que no fuera su hijo y lo ha ignorado desde entonces.
—Hum, supongo que Billy no se quedó callado.
—No; le cuesta callarse, lo sabes.
—Lo sé; él siempre ha sido muy rebelde —Tom podía adivinar la sonrisa nostálgica al otro lado de la línea—. ¿Qué crees que puedo hacer?
—Pues, he pensado... que podríamos ir a tu casa esta vez, en vez de que ustedes vengan a encontrarnos en Hamburgo; sería terreno neutral para los dos y tal vez logremos... que se entiendan.
—Sí, tal vez, aunque será difícil, Tomi; a ella le cuesta entender lo que pasa entre ustedes.

Tom se removió inquieto; aún no se acostumbraba a la idea de que su abuelita supiera la verdadera relación que lo unía a su gemelo. Aunque raramente mencionaban el tema, ella los había visto besándose una vez; ellos ya tenían 18 y habían insistido en quedarse unos días de sus cortas vacaciones con sus abuelos que tanto querían, especialmente porque la convivencia con Simone se había hecho difícil en ese tiempo. En el momento, ella no los interrumpió ni les hizo recriminaciones; prefirió pensar bien lo que les diría esa noche a solas cuando ellos se fueran a dormir. Los encontró, tras tocar la puerta de la habitación que siempre les tenía preparada para cuando vinieran a visitarla, sentados cada uno en su cama individual, aunque un poco ruborizados y con la respiración agitada. Pidió permiso para sentarse en uno de los sillones frente a las camas y lanzó su primera frase sin pensarlo mucho: “¿Creen que no sé que duermen en la misma cama? Lo han hecho desde pequeñitos, y lo sé porque arreglo las habitaciones aquí, sé cuando no se usa una cama”. Sus nietos balbucearon algunas cosas y ella los interrumpió: “A mí no me molesta. Creo que me he adaptado a ver cuán unidos son y poco puede asombrarme de su comportamiento; aunque, admito que verlos besarse de ese modo fue un poco demasiado”. Esa vez, Bill y Tom no supieron cómo reaccionar en un primer momento, luego fue Bill quien se lanzó a los pies de su abuelita, y se apoyó en su regazo, “No me odies, abuelita. No me odies tú también como mamá”. Ella acarició la cabeza de Bill con una mano y extendió su otro brazo para invitar a Tom a unírseles, lo cual él hizo enseguida, con lágrimas en los ojos. “Mis pequeños han crecido, y han crecido sus problemas. Yo siempre los voy a amar, pase lo que pase, y digan lo que digan, y los apoyaré. Su abuelo y yo, siempre estaremos para ustedes; solo... cuiden que él no vea lo que yo vi hoy porque no sé si reaccione de la misma forma. Y respóndanme con sinceridad, con el corazón en la mano, ¿esto es un juego para ustedes, algo sexual? Porque si es así deberían pensarlo mejor y superarlo antes de que los lastime demasiado”. Fue Tom quien tomó la palabra por ambos, “Nos amamos, abuelita; nos amamos demasiado y por encima de cualquier regla. Lo siento pero... es así. Jamás vería a Billy como algo puramente sexual; no nos atreveríamos a algo tan degenerado. Él es mi vida...”. “Y Tom es la mía...”, interrumpió Bill; pero Tom continuó hablando, ya había comenzado y tenía que aprovechar la oportunidad de verbalizar lo que sentía: “Somos una pareja, en serio; y no creo que nada pueda separarnos; lucharemos contra el mundo entero si es preciso por seguir juntos y amándonos como lo hacemos”; Bill asintió a esas palabras buscando en la mirada de su abuela una señal de aprobación o desprecio. Sí, Tom era mucho más ingenuo entonces, pero igualmente los tres sabían que había alguien a quien no enfrentaría tan fácilmente: a Simone. “Entonces pueden contar conmigo. Yo no los juzgaré, porque los amo demasiado y respeto sus decisiones”, dijo ella antes de abrazarlos fuertemente.
 —No sé por qué tú puedes aceptarnos y mamá no; ¿es que ella nos quiere menos que tú, abuelita?
—Ah, no, no creo eso. Ella los quiere muchísimo, pero... a veces no sabe quererlos. El amor debe ser incondicional.
—Eso siempre dice Bill, a todo el mundo, y aprendió esas ideas de ti.
—Sí, me hacen sentir orgullosa cuando defienden el amor sin fronteras. Creo que soy un poco culpable de que crean que el amor debe estar por encima de todo, ¿no?
—Lo eres —ahora Tom también sonrió; luego su tono se hizo un poco más taciturno—. Bill se está alejando de mí porque no he sido capaz de cumplir lo que dije aquella noche: no he enfrentado a todos por nuestro amor; no he sido capaz de enfrentar a mamá.
—Ya sé, Tomi. Dile a Billy que lo espero en Navidad, que no me puede quedar mal, ¿está bien?
—Gracias, abuelita; también le diré que te llame.

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Bill se había unido a Tom en el estudio. No trabajarían en la parte vocal exactamente, pero él acostumbraba apoyar a Tom, dar opiniones y seguir cada paso de lo que hiciera con respecto a su música.
—Devon me llamó hace un rato para confirmar lo de mañana; él va a venir temprano.
—Sí, está bien, no saldremos; tenemos que seguir trabajando para poder tener días libres cuando vayamos a Alemania.
—Tom, ya te dije...
—Vamos a la casa de los abuelos, Bill; abuelita dijo que no podías quedarle mal.
—¿Mamá estará ahí?
—Eso espero; y allí... te demostraré que eres lo más importante para mí. Llevas tiempo diciendo que quieres algo nuevo, hasta escribimos una canción sobre eso, y he entendido que es de mí de quien necesitas algo nuevo. Por eso creo que tenemos que dejar Los Ángeles... —Bill quiso hablar pero Tom no lo dejó— al menos por unos meses, hasta decidir qué hacer. Deberíamos vender esta casa que es demasiado lujosa para nuestra capacidad económica actual y luego... pensar dónde compramos otra; tal vez nuevamente acá, tal vez en Alemania, tal vez... en otra ciudad u otro país —Bill se quedó en silencio, procesando las palabras de Tom; él continuó—. Esta casa tiene demasiados recuerdos, buenos y malos, y necesitamos recomenzar.
—Sí, jamás voy a poder olvidar que tuviste sexo con Ria en nuestra habitación; quemé esas sábanas pero aún...
—Fue la única vez que tuve sexo con ella, y en mi defensa, estaba muy cabreado contigo. ¿Cómo crees que me sentí de saber que no fue solo la Verina sino muchas otras después...?
—¡Ocurrió porque tú me ignorabas! Yo andaba sin rumbo, Tom; no funciono bien si no estoy contigo.
—Ni yo, y no quiero que discutamos de nuevo sobre eso ahora; ya pasó y ya lo superamos, ¿o no?
—Sí —respondió Bill tras unos segundos.
—Entonces, recomencemos; por favor, Bill. Hagamos borrón y cuenta nueva sobre todo lo que nos hemos lastimado y recordemos solo lo bueno.
—¿Tú me apoyarás, realmente, sin excepciones?
—Te lo juro —Tom se acercó al sofá donde Bill estaba sentado para reafirmarle su juramento con caricias y besos; Bill se rindió.

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Despertó y lo vio a su lado, respirando tranquilo; cada uno de los tatuajes en su pecho y abdomen, en sus brazos y piernas, quedaban visibles a la mirada codiciosa que los recorría. Bill estaba completamente desnudo y aún olía a sexo tras el maratón de la noche pasada; habían abandonado el estudio entre besos para irse a la cama que tantas veces había soportado el embate de sus arrebatos pasionales, para sellar con la entrega física el pacto que habían hecho de no fallarse más el uno al otro, de crear algo nuevo para ellos en ese mundo que no los entendía aún. 

Tom disfrutaba enormemente el hacerle fotos a su gemelo, y jamás podía resistirse a hacerlo cuando este dormía, o cuando lograba tenerlo desnudo con su iPhone cerca; algunas de esas imágenes habían sido compartidas por el propio Bill en su cuenta de Instagram, como tributo a su vanidad pero también como rebeldía y reafirmación de que no le importaba mostrar que estaba desnudo cuando “alguien” —que muchos sabían quién era— compartía su cama; otras eran demasiado fuertes como para ser compartidas. Se inclinó sobre él para tomar varias instantáneas, de diferentes partes de su cuerpo, y eso terminó por despertar a Bill.



—Hola, Tomi, ¿otra vez haciéndome fotos desnudo? —lo haló hacia él para besarlo.
—No lo puedo evitar...
—Solo espero que nunca te equivoques y postees alguna en tu cuenta de Instagram que no deba ser mostrada.
—Casi no uso mi cuenta de Instagram, creo que justamente por eso... —Tom rio y luego enterró su nariz en el hueco entre el hombro y el cuello de Bill—. Me encanta tu olor después de una madrugada salvaje; me hace sentir deseos de nuevo.
—¿Ah, sí? ¿Incluso mi aliento matutino?
—Huele a mi semen ahí...
—También huele al mío en tu boca, tonto. Y tengo que ir a orinar, así que quítate de encima, calentorro.
—Ah, yo también —Tom lo siguió al baño.
—¿No puedo ni orinar en paz? —bromeó Bill mientras le guiñaba un ojo.

En verdad, ambos vaciaron sus vejigas casi al mismo tiempo, mirándose todo el tiempo, sonriéndose, pero Bill no logró terminar de lavar sus dientes antes de que Tom lo abrazara desde atrás y volteara su rostro para besarlo.
—Ahm, espera, tengo la boca llena de espuma dental...
—Mejor, así la compartimos —Tom no le permitió separarse y terminaron compartiendo también la ducha.
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Por el contrario de lo que la mayoría de sus fans creían, Devon tenía con Tom aún mejor relación que con Bill. Ambos tenían muchos temas de conversación, amaban la producción musical y se hacían bromas que solo ellos encontraban hilarantes. Justamente por ello, siempre le sirvió de confidente; tanto como Shay lo hacía para Bill.
—Ya sabes, serán largos meses en Europa, amigo; aún no sabemos si volveremos a vivir en Los Ángeles.
—Yo espero que sí, porque... si no los extrañaré mucho.
—Eres muy buen hombre, Devon; no todo el mundo apoya buenas causas sin ningún interés ulterior.
—Bah, nada del otro mundo; pero sí me enorgullece apoyarlos a ustedes. Y te digo algo, Tom, lo que ustedes tienen merece ser defendido; merece que se luche por protegerlo.
—Ya lo sé; estoy intentando arreglar todo.
—Al menos te libraste de esa Ria; la mujer es toda una víbora.
—Por un tiempo creí que era mi amiga, no creas; a veces puedo ser demasiado confiado.
—Lo sé; tú y Bill, a veces confían demasiado en personas que no lo merecen.
—Sí, es cierto. Por eso creo que será bueno alejarnos por un tiempo, aunque los extrañaremos a ti, a Shay...
—Así es la vida. Cuando vinieron para acá dejaron a los Gs y a Andreas en Alemania, sus mejores amigos de toda la vida, ¿o no?
—Y lo siguen siendo.
—Ese es mi punto; nosotros también seguiremos siendo sus amigos, aunque estemos lejos y nos veamos mucho menos.
—Y seguiremos trabajando juntos —sonrió Tom poniendo esa cara de niño travieso que seducía a todo el que la mirara, empezando por Bill, quien se acercó enseguida.
—No creo que estés intentando seducir a Devon, Tomi...
—¡Nooo!, ¿cómo crees?
—Le estás echando tu sonrisa de seductor, la vi desde allá a lo lejos...
—Es verdad —Shay entró también a la conversación—, yo también lo vi.
—No fue mi intención, de veras—se sonrojó Tom; los otros tres rieron.

Cuando ya se marchaban a sus respectivos autos y después de los abrazos de despedida, Bill se sentó en el asiento de copiloto junto a Tom y palmeó su muslo.
—Devon es muy guapo, Tomi, y tú eres gay...
—Ah, Bill...
—Lo sabes; y no pasa nada, yo también me pongo seductor con las chicas aunque no las quiera llevar a la cama; es normal, es el instinto de cacería.
—No quiero cazar a Devon, Bill. Tal vez, la amistad conlleva también su algo de seducción, como el amor entre hermanos.
—Sí, tal vez —Bill volteó su sonriente rostro hacia la noche de la ciudad, pensando en que ellos mismos estaban practicando en ese momento uno de sus muchos juegos de seducción, que culminaría con los dos jadeando tras sus orgasmos y uno haciéndole repetir al otro “Solo soy tuyo”.


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La venta de la casa ya estaba pactada; aún no tenían comprador pero sí un agente inmobiliario que se encargaría de promoverla en cuanto la desalojaran. Mientras, ellos trabajaban bastante en la nueva música, dejando todo a punto para los detalles finales cuando encontraran a la otra mitad de la banda, Georg y Gustav, en Alemania. No obstante, a menos de una semana de la partida, no se resistieron a darse la oportunidad de un hasta luego de las noches de clubes nocturnos de Los Ángeles.

Escogieron uno de los clubs gays que otras veces ya habían visitado con varios amigos, pero esta vez fueron solos; esperando tener más privacidad para disfrutar la noche, la sensación de que sí podían ser libres a pesar de todo. Y sí, indudablemente fue una buena noche, a la que un poco de marihuana le adicionó más desinhibición. Afortunadamente fue cuando ya casi se marchaban que unos fans, hombres, se les acercaron con charla casual y pidiendo hacerse selfies.
—Estamos teniendo más fama acá; ya nos reconocen mucho más en los clubes —comentó Tom cuando ya se acurrucaban juntos en la cama compartida.
—Ajá; menos mal que estos no nos hallaron mientras nos besábamos pasándonos tragos de whisky —se carcajeó Bill antes de que el sueño los venciera, envueltos en la placentera sensación de estar unidos en cuerpo y alma.

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Dejar L.A. con tantas incertidumbres sobre si volverían o no a la ciudad fue difícil para ambos, pero especialmente para Bill. La terminación del álbum y los ensayos del tour serían en Alemania, y casi enseguida comenzarían a viajar por toda Europa: no habría mucho tiempo para las nostalgias, y, todo lo que había encontrado allí, la libertad, los nuevos amigos, palidecía ante la importancia de Tokio Hotel, y aún más, de Tom; por Tom, rompería cualquier barrera e iría hasta el fin del mundo si fuera preciso, solo si lo tuviera a su lado. Justamente por eso estaba en la casa de sus abuelos, sentado a la misma mesa con su madre.

Desde que Simone llegara y saludara a todos, ella y su hijo menor se habían aplicado la ley del silencio; ninguno de los dos se dirigía directamente al otro. Antes de que llegara la hora de felicitarse por Navidad, Tom se llevó a su madre a una habitación aparte: estaba decidido a aclararlo todo de una vez. Simone se acercó a él y le acarició la mejilla sobre la suave barba.
—Mi hijito, ¿qué está pasando? Mamá estuvo hablando conmigo, pidiéndome bajar la guardia con Bill, pero... no puedo; no puedo porque él... me irrita, me decepciona, y no puedo aceptar lo que ha hecho contigo...
—¿Qué ha hecho, eh, mami? ¿De qué lo acusas exactamente?
—¡No creo que... me estés preguntando esto! ¡No creo que me hagas decir cosas que me asquean y me duelen tanto! —las lágrimas asomaron a los ojos de Simone y Tom se acercó a ella; la abrazó.
—Mami, lo único que nunca he querido es que tú salgas herida pero... hay cosas que no se pueden evitar y lo que siento por Bill es de esas cosas...
—¿Lo que sientes...? Él es tu hermano gemelo; tú y él...
—Él y yo nos amamos en todas las formas posibles, mami. ¿Será posible que aún no entiendas eso?
—Lo que yo veo, es que Bill te ha seducido desde pequeño; yo lo veía desde entonces y odiaba la forma en que siempre manipuló tus sentimientos, en que siempre... te apartó de mí.
—¡Yo te quiero tanto, mami! Bill no me ha apartado de ti, has sido tú cuando has intentado que él y yo nos separemos. Tienes que desistir, o nos perderás a ambos; ¡y los dos te amamos!
—Tomi, tú siempre fuiste dulce, dócil, sensible; y Bill... él es un monstruo de egoísmo, no se detiene ante nada por lograr lo que quiere...
—Yo le llamo a eso energía, ardor, voluntad... para lograr lo que quiere; quizás a mí me haya faltado un poco de eso pero él me complementa... como siempre.
—Como siempre... ¿Te escuchas? Sigues oyéndote como alguien dominado...
—Ay, mami, tal vez no logre que te convenzas de lo que digo, tal vez sigas creyendo lo que quieres creer, pero tengo que al menos dejar claro mi punto de vista. Discúlpame, porque sé que te dolerá, pero tengo que decirte cómo me siento yo. Y mira, si, como tú dices, Bill me sedujo, yo adoré ser seducido, como mismo lo adoro hoy en día. Las veces que él ha intentado alejarse un poco de mí, he sido yo siempre quien no soporté la idea y le pedí, una y otra vez, que volviera conmigo. Cada vez que nuestra relación se ha roto, he sentido que mi vida entera era arrastrada hacia un abismo del que solo las manos de Bill, el calor de su cuerpo, podían sacarme.
—Pero...
—Déjame terminar lo que quiero decir, por favor...
—Está bien —la voz de Simone se oía rota y las lágrimas rodaban por su rostro.
—Mami, no eres la mejor madre del mundo, pero te amamos como eres; solo queremos ese mismo amor a cambio, que seas capaz de entender que solo somos felices juntos. Y te aseguro que si algún día de verdad nos separamos, sería la muerte para los dos. ¿Tú querrías eso para nosotros?
—¡No, claro que no!
—Pues entonces, date cuenta de una vez de que el día que logres que ya no estemos juntos de ese modo que tanto te disgusta, será porque hayamos muerto.
—¡Por Dios, no; eso no! —se lanzó hacia él y lo abrazó.
—No queremos que apruebes lo que hacemos, mami, solo que nos aceptes —ella comenzó a llorar más fuerte y Tom la apretó contra sí.

Simone no dijo nada más sobre el asunto. Fue calmando sus sollozos, limpió su rostro, acarició el rostro de su hijo y lo besó en la mejilla, para luego guiarlo al brindis familiar. Bill los miró a ambos, ansioso; Simone fue hasta él y le brindó su mano, Bill la tomó y se quedó mirándola a los ojos, desafiante pero, a la vez, con anhelo de que aquello fuera una buena señal.
—Es Navidad, Billy, es tiempo para perdonar; si tú perdonas todo lo que te he ofendido, yo... haré lo mismo.
—Yo... —las palabras se ahogaron en su boca y solo pudo apretar la mano de su madre contra sus labios y besarla repetidamente; sintió sobre sí la mirada de Tom, quien los observaba emocionado y reprimió el impulso de saltar sobre él y besarlo una y otra vez para agradecerle la alegría de esa noche. Cerca los miraban también sus abuelos y su padrastro; fue la abuela quien tomó la palabra.
—Estoy feliz de que al fin estamos todos en paz; brindemos ahora porque continuemos así, porque nuestra familia esté unida y todos intenten entenderse a pesar de sus diferencias de opiniones.
—Sí, abuelita —al fin pudo articular Bill—; ¿te he dicho ya que te adoro y que eres la abuelita más sabia del mundo?
—Ja, adulón.
—Es cierto, abuelita —Tom se acercó a Bill hasta que ambos estuvieron muy pegados—; Billy tiene la razón.
—Gracias, mamá, por unirnos en tu casa —añadió Simone y Gordon asintió con la cabeza, puesto que aunque él era parte de la familia sentía que lo que estaba pasando allí era algo más íntimo que lo dejaba fuera, tanto como al abuelo que también se acercaba con su copa.
—Tenemos una linda familia, ¿no? —dijo el mayor de los presentes—. Miren nada más que muchachos tan apuestos se han vuelto mis nietos, por eso tienen locas a todas las chicas.
—Jaja, sí, es cierto que ustedes son nuestros mayores fans —bromeó Tom y todos rieron, mientras el ambiente se distendía más y más, y las almas de todos alcanzaban sosiego.